A George Orwell (mil novecientos tres-mil novecientos cincuenta) la Guerra Civil De España le pasó factura, y no por la metralla. El escritor llegó a España en otoño de mil novecientos treinta y seis y se alistó en las Brigadas Internacionales para batallar en el bando de la República. En el frente de Aragón recibió un balazo en el cuello, y si bien pudo recobrarse del incidente en un centro de salud de campaña y después en el Centro de salud de Sant Pau de Barna, aquella herida sí cuajó su muerte futura. Por lo menos, esa es la conclusión de la última investigación del físico Gleb Zilberstein, que asevera que el creador de «1984» y «Rebelión en la granja» contrajo la tuberculosis que lo llevó a el sepulcro a lo largo de su tratamiento en España.

Desde siempre y en toda circunstancia se ha sabido que Orwell vivió los últimos años de su vida aquejado por una tuberculosis que, el veintiuno de enero de mil novecientos cincuenta, derivó en una hemorragia masiva que resultó fatal. No obstante, no se conocía el origen de la enfermedad. Su vida itinerante hacía bastante difícil determinar dónde se había contagiado, mas ahora ha sido posible merced a una carta que escribió en el mes de julio de mil novecientos treinta y siete, poco tras retornar a Inglaterra. En ella, con una técnica vanguardista, Zilberstein ha encontrado restos de la bacteria en cuestión.

De esta forma, la misiva, que se halla en el fichero estatal ruso de Literatura y Arte, sería la primera patentiza de la tuberculosis de Orwell, que le fue diagnosticada una década después, en el mes de diciembre de mil novecientos cuarenta y siete. Mas, si la carta fue mandada desde Inglaterra, ¿por qué razón supone el científico que Orwell contrajo la enfermedad en España? «La Guerra Civil De España fue la última guerra del siglo veinte sin penicilina. La mayor parte de los heridos cogieron infecciones en los centros de salud españoles y la mortalidad se disparó por las infecciones», explicó el especialista al diario británico «The Times».

Su análisis concluye que existe «una probabilidad muy alta» de que Orwell se infectara a lo largo de su restauración, si bien tampoco descarta la probabilidad de que cayese enfermo por alguna comida contaminada. Fuere como fuese, en mil novecientos treinta y ocho, ciertos ya se referían al escritor como «tuberculoso» y, de hecho, este ya empezaba a sufrir determinados inconvenientes respiratorios de los que tardaría años en recobrarse. En verdad, estos jamás le abandonaron completamente.

Los secretos del papel
No es la primera vez que Gleb Zilberstein examina manuscritos de un escritor para desentrañar misterios de su salud. La primera vez fue con «El profesor y Margarita», de Mijail Bulgákov, donde halló biomarcadores de la nosología nefrítico que lo llevó a el sepulcro. «Apenas comienzas a redactar en tu libreta de notas, tu cuerpo comienza a interaccionar con el papel, puesto que la piel de todos y cada uno de los humanos tiene sudor, saliva, diferentes aceites, microbios, etc. –explicó entonces a la BBC–, y dejas en el papel una condimenta de huella llena de información».

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